El Camino Inverso / Il Cammino Inverso – Jornada 18ª / Giornata 18ma: El Burgo Ranero – Arcahueja

Km: 30,1 – km totales: 457,8 – ampollas / vesciche: 0 – totales: 1

Perfil de la etapa. Guía Eroski Consumer / Profilo della tappa. Guida Eroski Consumer
Resumen de la etapa / Riassunto della tappa
Vídeo de la etapa realizado por el escudero / Video della tappa realizzato dallo scudiero

[ESPAÑOL]

Aves, visiones y encargos de última hora

En realidad, si hubiéramos seguido nuestros planes iniciales, la etapa de hoy tendría que terminar en León, pero como los hemos cambiado para no tener una etapa de 37 kilómetros, nos conformamos con llegar a Arcahueja. Además, preferimos aparecer en León por la mañana, con algo de tiempo para pasear por la ciudad, y no por la tarde, muertos de cansancio y con la urgencia de comer, asearnos y descansar. Pero empecemos por el principio.

El Burgo Ranero es uno de esos pueblos que debería estarle eternamente agradecido al Camino. Parece ofrecer lo mismo que otros tantos pueblos del país, aunque es cierto que mucha de esa oferta puede ser apetecible para quien busque descansar o estar en contacto con la naturaleza. En cualquier caso, la mayoría de los peregrinos no creo que tengan más motivos para visitarlo que el hecho de ser un punto en el trayecto hacia Compostela.

Laguna Manzana

La mañana del día 10 de agosto nos levantamos con la intención de encontrar un sitio para desayunar, ya que el albergue no ofrecía esa posibilidad. Fuimos al bar donde habíamos comido el día anterior (platos combinados de los de toda la vida, perfectos para llenar el estómago), pero estaba cerrado a cal y canto. No quisimos perder más tiempo dando vueltas, porque no parecía haber señales de vida en muchos metros a la redonda, de modo que decidimos poner rumbo hacia Reliegos, el primer lugar donde podríamos hacer una pausa.

Justo al lado de nuestro albergue está situada la Laguna Manzana, que a las horas en que emprendemos nuestra caminata parece estar en plena hora punta: conversaciones animadas, intercambios apasionados de voces, comentarios indiscretos sobre los últimos acontecimientos, que no entendemos, porque provienen de varios tipos de aves que habitan la zona y que producen un potente alboroto. Nuestra guía explica que en estas latitudes son abundantes los humedales, hábitat natural de anfibios, rapaces y varias especies de patos. Pienso que tal vez ese apellido «ranero» de El Burgo provenga de la abundancia de ranas en sus alrededores, pero no consigo encontrar una fuente de información que me confirme el dato. En cualquier caso, es agradable que nos despida semejante coro de seres invisibles, pues no alcanzamos a verlos, tanto por la distancia que nos separa de la laguna, como por la escasa luz natural del momento.

Amanecer entre El Burgo y Reliegos / Alba fra El Burgo e Reliegos

Enfilamos la carretera provincial y, a pesar de que ninguno de los dos lleva mochila, no parecemos muy dispuestos a caminar deprisa. Sí, yo he decidido por primera vez enviar mi equipaje hasta el próximo albergue, sin duda influido por dos cosas: el dolor de espalda, cada vez más intenso y puntual, y las reflexiones que hizo Javier en Sahagún. Sin la mochila me siento más libre, y esa circunstancia, curiosamente, favorece no tanto el aumento de la velocidad como el de las ganas de recrearme en cualquier punto del camino. Nos entretenemos observando el paisaje. Estamos de nuevo rodeados por una llanura amplísima, la temperatura es de 20 grados de lo más placentero, una brisa ligera nos acaricia la frente y el cielo ennegrecido, que amenaza tormenta, añade al paisaje ciertos claroscuros poco habituales dignos de admiración. Nos giramos para observar el panorama que tenemos a la espalda, nos detenemos para hacer fotos mientras amanece. Los tonos rojizos se mezclan con el gris, el amarillo intenso, el verde hoja que, en contraste con las nubes, parece más primaveral que estivo. Todo ello hace que los trece kilómetros de ese recorrido casi totalmente en línea recta, salpicado de arroyos, de áreas de descanso para peregrinos y de vías secundarias que conducen a otros pueblos por los que no pasamos, nos cuesten la friolera de tres horas, para sorpresa de quienes siguen nuestras peripecias a distancia. Se imaginan un calvario de obstáculos, gotas de sudor y pruebas insuperables, pero en este caso solo se trata de la diferencia que hay entre el tiempo vivido y el imaginado, que casi nunca coinciden.

Fotografiando el amanecer / Fotografando l’alba
Alba, di Andrea Zuppa.

Cuando llegamos a Reliegos, lo primero que vemos son unas bodegas antiguas a la derecha de la carretera, construcciones rústicas de ladrillo y adobe, delante de las cuales se va reuniendo un grupo de ciclistas. Sus miembros llegan poco a poco, cada uno a su ritmo, y frenan bruscamente cuando llegan al punto exacto donde les indica otro de los compañeros, que se diría es el director del equipo. Poco más allá entramos en uno de los bares abiertos, con hambre de veinte días, pero sobre todo con ganas de un buen café caliente que nos arregle el cuerpo. La posibilidad de sentarnos un rato y descansar las piernas tampoco está mal. En estas ocasiones siempre hay caras conocidas que saludamos con un gesto cordial y que no recordamos dónde hemos visto por última vez. Después de nuestro desayuno, atravesamos el pueblo de lado a lado y nos topamos con un solar abandonado a su suerte e invadido por la vegetación espontánea, que llama la atención por un poste de madera que expone la palabra METEORITO. Se trata del lugar en el que impactó un meteorito en 1947.

Entre El Burgo y Reliegos, a la altura de Santas Martas / Fra El burgo e Reliegos all’altezza di Santas Martas

Seis kilómetros después nos encontramos en Mansilla de las Mulas, antigua localidad amurallada, cuyo pasado es evidente en su fisonomía. Cuando entramos en el casco antiguo, atravesamos lo que fue la antigua puerta del castillo, de cuyo arco o dintel no queda nada. Un poco más allá asoma la torre de la iglesia, pero lo que parece devolverle las fuerzas al caminante se ve a la salida de la población, sobre el puente medieval: el curso del río Esla, que, como otros que hemos visto en el Camino, refresca el espíritu y masajea la mente con el clásico rumor de aguas en movimiento. Siguiendo el curso de la carretera, llegamos después a Villamoros de Mansilla y a Puente Villarente, donde hemos de cruzar esta vez el río Porma, también caudaloso como el Esla. No hay mucho más antes de llegar a Arcahueja. El caso es que hemos caminado mucho y no abundan las jornadas que llegan a los treinta kilómetros, así que, por una parte, nuestro físico nota claramente el esfuerzo acumulado, pero el hecho de haber sido una etapa llana, con pocas variaciones paisajísticas o geográficas, hace que la mente se encuentre descansada.

La sensación es parecida a la que provocan aquellos juegos en que se intenta engañar al cerebro. Por ejemplo, se presenta una serie de palabras que designan colores y se le pide a la persona que diga cuál es el color en que aparecen escritas las palabras, que no coincide con la palabra misma: azul, rojo, verde… pero «azul» está escrito en rojo, «rojo» en verde, «verde» en azul. De modo que el cerebro no sabe a qué obedecer, si a la palabra que lee o al color que ve. Cuando llegamos a Arcahueja no sabemos a qué atenernos. A la mente, que querría continuar, o a los pies, que piden un descanso inmediato. Para rizar el rizo de las sensaciones imposibles, justo cuando estábamos entrando en Arcahueja, yo unos veinte metros más adelantado que el escudero, nos sale al paso un ciervo joven sin cornamenta (supongo que se trataba de una hembra, aunque no soy experto en la materia). Caminaba despacio con absoluta confianza, sin mostrar temor alguno por aquellos seres exhaustos que se le estaban acercando. Estaría a unos diez metros por delante de mí, provenía del bosque cercano y en una fracción de segundo tuve que decidir si hacerle una foto o avisar al escudero para que viera lo mismo que yo. Decidí lo segundo. Creo que se me pasaron por la mente un buen número de imágenes que se emiten por la televisión para denunciar a quienes anteponen un selfie a la propia integridad física, o a quienes son capaces de fotografiarse delante de un cadáver para inmortalizar un momento irrepetible y difundirlo después por las redes sociales como quien envía una invitación de cumpleaños. Ya sé que el momento no era comparable, pero también soy consciente de que, si me hubiera entretenido en hacer la foto, el escudero se habría perdido el espectáculo de ver el paseo de un ejemplar de ciervo precioso a unos metros de distancia, con una actitud entre altanera y narcisista, que lo hacía más bello aún, si cabe.

Cuando llegamos al albergue La Torre, el dueño nos estaba esperando. En realidad, es más bien un bar restaurante con algunas habitaciones disponibles. Nosotros habíamos reservado plaza en las más baratas: dos espacios contiguos con literas, de seis plazas el primero, y de cuatro el segundo. De momento, solo había una coreana (en realidad, vete tú a saber de dónde era, porque cada vez que veíamos un peregrino oriental, tendíamos a pensar que fuera coreano). Había cerrado la puerta y las ventanas y había puesto el aire acondicionado a toda pastilla. Cuando nos duchamos, nos fuimos a que nos pusieran la comida, gracias a que fueron comprensivos con nuestra hambre, pues la cocina estaba cerrada (ya eran más de las cuatro). Lentejas de primero, albóndigas de segundo y, para acompañarlo, sidra natural. El esfuerzo de la etapa había merecido la pena.

Referéndum popular / Referendum popolare

Después de la comida y de la siesta de rigor, nos fuimos al bar para beber algo fresco y tomar notas de nuestras peripecias del día. Al principio tuvimos que entrar en el local, porque las mesas de la terraza estaban ocupadas, pero luego conseguimos sentarnos fuera. Y al poco tiempo de ocupar una de esas mesas, empezó a darnos conversación un tipo un poco extraño con ganas de pegar la hebra, que nos interrumpía constantemente sin que le diéramos pie a permitírselo. Por una parte, era como la voz de la conciencia, porque yo mismo era partidario de pasar el tiempo conversando con los demás, antes que perderlo en internet con cualquier otra cosa, pero me había propuesto escribir un diario del Camino, y ya llevaba suficiente retraso como para no aprovechar cualquier hueco que tuviera con tal de avanzar un poco.

― Estáis ahí con el móvil siempre... Yo ni siquiera tengo móvil.

Poco a poco consigue que le hagamos caso. Nos dice que es alemán, concretamente de Berlín. Y la verdad es que su nacionalidad era evidente tanto por su ligero acento inconfundible como por su aspecto físico, que responde un poco al perroflauta refinado, podríamos decir. Y con eso no quiero decir que todos los alemanes sean del tipo perroflauta, pero es uno de los muchos grupos sociales bien representados en el país, al menos según mi experiencia (escasa, probablemente). Está acompañado por otro hombre del lugar, mucho más callado que él, y que de vez en cuando nos pide que disculpemos a su amigo, porque ha bebido y cuando bebe no es capaz de mantener la boca cerrada. Pero la verdad es que no nos molesta, lo único es que tenemos cosas que hacer. Al final, dejo un poco de lado lo que estoy haciendo, y le pregunto cómo se llama.

― Sean...―seguido de otro par de nombres más, pronunciados en perfecto inglés.
― Me esperaba un nombre alemán.
― Mi padre era un soldado británico en la Berlín ocupada de la postguerra, y se casó con mi madre, que era berlinesa. Para mi familia inglesa siempre fui el bastardo alemán.

He aquí el giro de la conversación que le ha permitido hacerse con el auditorio. Campeón de storytelling, como si hubiera estudiado en la escuela de juglares de Sahagún. Pero ahí no acaba la cosa, la siguiente historia atrapa mucho más aún. La cuenta después de preguntarnos si hacemos el Camino por motivos religiosos, a lo que contestamos que no.

― Hace unos tres o cuatro años conocí aquí a un peregrino que invitaba a todo el mundo, y cuando nos quedamos solos le pregunté por qué lo hacía. Me contó que le habían diagnosticado una enfermedad terminal y que le parecía una buena opción para gastar el dinero.

No sé por qué, pero tenía la sensación de que se lo estaba inventando todo, aunque puede que sea injusto y solo quisiera charlar un poco. Supongo que cuando la gente bebe es más propensa a confesarse que a inventar historias para no dormir, pero ante el inefable Sean me sentía un poco desorientado. Cuando ya estábamos recogiendo los bártulos, con el bar cerrado y la hora de cenar (para ellos) acercándose, nos hace una petición inesperada.

Via alberata, di Andea Zuppa.
― ¿Os puedo pedir un favor?
― Si podemos ayudarte...
― ¿Podéis llevar esto a Santiago? Es de mi hija ―y nos enseña una especie de alambre rosa, formando un círculo a modo de corona de princesa infantil, con varias estrellas brillantes de seis puntas y del mismo color colgadas alrededor.
― Bueno, vale.
― Solo eso. No se la llevéis al Santo, ni nada. Solo la lleváis a Santiago y la dejáis por ahí, donde podáis.
― Vale, no te preocupes, que nosotros la llevamos. Prometido ―le dice Andrea, medio en italiano medio en español, y me extraña el tono de compromiso serio que utiliza.

La coge con cuidado y, cuando llegamos a la habitación, la guarda en una bolsa de tela, la que lleva encima cuando ha enviado la mochila hasta la próxima estación. No me cabe duda en ese momento de que hará todo lo posible por llevarla a su destino.

Pensamientos del día

La mente es la reserva de energía de las piernas.

Mejor atender a una persona que habla que a un objeto que suena.

Si aceptas un encargo, sea el que sea, tienes que cumplir lo prometido.
Recto el camino:
las piernas agotadas,
la mente alegre.

Poema de Travesía

En esta etapa tenemos el poema Otros caminantes, que trata del valor que las otras personas tienen a lo largo del Camino. Consta de dos partes principales y una conclusión final. En la primera se establece una premisa fundamental: la tendencia a la soledad, el hecho de sentirse cómodo consigo mismo y con el diálogo interior que se produce precisamente gracias a esa soledad, buscada o simplemente aceptada de buena gana. Luego viene el reconocimiento de la importancia de los otros caminantes para encontrar sentido al propio Camino: sí, de acuerdo, la soledad está muy bien, pero hay que reconocer que uno crece y aprende cuando se relaciona con otras personas, y que los momentos inolvidables no suelen ocurrir cuando uno está encerrado en sí mismo, sino cuando se abre a los demás. Por otro lado, son los momentos compartidos los que dan valor a los solitarios, los que hacen que crezca la necesidad de apartarse y dedicarse un instante de reflexión. En definitiva, el Camino (como la vida) sería otra cosa muy diferente si en él no nos cruzáramos con muchos otros peregrinos.

En este caso, la experiencia concreta está sirviendo sobre todo para reafirmar la premisa, es decir, que me encuentro bien conviviendo conmigo mismo. Eso no quiere decir que me haya descubierto más huraño y menos sociable de lo que pensaba, sino más bien que no tengo muchas cosas que compartir con el común de los caminantes. Pensando en ello, he recordado a varias personas con las que he caminado durante algunos instantes, con los que he hablado e intercambiado impresiones sobre algunos temas y, la verdad sea dicha, han sido experiencias positivas que han enriquecido el día. Así que he llegado a la conclusión de que en el Camino, como en la vida, se puede congeniar solo con un grupo reducido de personas y que cada uno va buscando ese espacio donde encontrar a aquellas almas afines (o, con suerte, incluso almas gemelas) que convierten el diálogo en un acto espontáneo y el tiempo en una magnitud volátil que pasa muy deprisa. Y la edad es solo una variable. Es como si existiera una mutación genética aleatoria que te liga o desliga a los demás obedeciendo a una similitud o a una compatibilidad imprevisibles. Esperemos que la mutación de la que somos portadores no cause una enfermedad de esas a las que llaman raras.

Otros caminantes
Otros caminantes
Los tramos del Camino que aparecen desiertos 
nunca me dieron miedo.
Jamás me quitó el sueño
dormir en un albergue sin otros inquilinos.
El silencio me llama y me convoca
a una fiesta con pocos invitados
donde siempre converso
y a menudo realizo grandes descubrimientos.

Sin embargo, es difícil disfrutar del vacío 
si antes no se conocen
la estrechez del espacio compartido,
el respiro complejo
del aire malgastado por los otros,
el olor de otras pieles pasajeras,
las voces inmigrantes
que aterrizan de pronto en tus oídos.

¿Qué caminar sería
sin otros caminantes ni sus huellas?

Índice de entradas

[ITALIANO]

Uccelli, visioni e richieste dell’ultimo minuto

In realtà, se avessimo rispettato i nostri piani iniziali, la tappa di oggi dovrebbe finire a León, ma poiché abbiamo cambiato l’idea iniziale per non avere una tappa di 37 km, ci accontentiamo di arrivare a Arcahueja, 7 km prima del capoluogo di provincia. Inoltre, preferiamo comparire a León in mattinata, con un po’ di tempo per fare un giro in città, e non il pomeriggio, stanchi morti e con l’urgenza di mangiare, lavarci e riposarci. Ma cominciamo dall’inizio.

El Burgo Ranero è uno di quei paesi che dovrebbe ringraziate eternamente il Cammino. Sembra offrire la stessa cosa che altrettante località del Paese, anche se, certamente, molto della sua offerta può essere appetibile per coloro che cercano il riposo oppure il contatto con la natura. In ogni caso, la maggior parte dei pellegrini non penso che abbiamo molte ragioni per visitarlo, se non il fatto di essere un punto del tragitto che porta a Compostella.

La mattina del 10 agosto ci alziamo con l’intenzione di trovare un posto per fare colazione, dato che il nostro ostello non offre quella possibilità. Siamo andati al bar dove avevamo pranzato il giorno prima (quei classici piatti unici abbondanti, perfetti per riempire lo stomaco), ma era chiuso. Non abbiamo voluto perdere più tempo girando come trottole perché ci sembrava che non ci fossero segni di vita. Così, abbiamo deciso di dirigerci verso Reliegos, il primo luogo dove avremmo potuto fare una pausa.

Desayuno en Reliegos / Colazione a Reliegos

Proprio davanti al nostro ostello si trova la Laguna Manzana, che a quell’ora in cui intraprendiamo la nostra camminata, sembra essere nelle ore di punta: conversazioni animate, scambi appassionati di voci, commenti indiscreti sugli ultimi avvenimenti, che non capiamo perché provengono da vari tipi di volatili che abitano in zona e che producono una potente confusione. La nostra guida spiega che in quelle latitudini sono abbondanti i terreni paludosi, habitat naturale di anfibi, rapaci e varie specie di anatre. Penso che magari quel cognome «ranero» di El Burgo abbia origine nell’abbondanza di rane nei dintorni, ma non riesco a trovare una fonte d’informazione che eventualmente mi possa confermare quel dato. In ogni caso, è piacevole essere salutati da un simile coro di esseri invisibili, dato che non riusciamo a vederli, sia per la distanza che ci separa dalla laguna, sia per la scarsa luce naturale del momento.

Imbocchiamo la strada provinciale e, anche se nessuno di noi due porta il suo zaino, non sembriamo molto disposti a camminare velocemente. Sì, io ho deciso per la prima volta di inviare il mio bagaglio fino al prossimo ostello, senza dubbio influenzato da due cose: il mal di schiena, sempre più intenso e puntuale, e le riflessioni di Javier quando eravamo appena arrivati a Sahagún. Senza lo zaino mi sento più libero, e questa circostanza, stranamente, non favorisce tanto l’aumento della velocità quanto quello della voglia di distrarsi in qualsiasi punto del cammino. Ci tratteniamo ad osservare il paesaggio. Siamo circondati di nuovo da una pianura enorme, la temperatura è di 20 gradi piacevolissimi, una brezza leggera ci accarezza la fronte e il cielo scurito, che ci minaccia col temporale, aggiunge al paesaggio certi chiaroscuri poco abituali degni di ammirazione. Ci giriamo ad osservare il panorama che abbiamo lasciato alle spalle, ci fermiamo a fare delle foto mentre sorge il sole. I toni rossastri si mescolano col grigio, il giallo intenso, il verde foglia che, in contrasto con le nuvole, sembra più primaverile che estivo. Tutto ciò fa sì che i 13 km di questo percorso quasi totalmente in linea retta, costellato di ruscelli, di aree di sosta per i pellegrini e di vie secondarie che portano in altri paesi per i quali non passiamo, ci richiedano la bellezza di tre ore, con grande sorpresa di coloro che seguono le nostre avventure a distanza. Forse si immaginano un calvario di ostacoli, gocce di sudore e prove insuperabili, ma in questo caso si tratta soltanto della differenza che c’è tra il tempo vissuto e quello immaginato, che quasi mai coincidono.

Paisaje de Mansilla Mayor / Paesaggio a Mansilla Mayor

Quando arriviamo a Reliegos, la prima cosa che vediamo sono delle vecchie cantine a destra della strada, costruzioni rustiche di mattone e adobe, davanti alle quali si riunisce un gruppo di ciclisti. I suoi membri arrivano pian piano, ognuno al proprio ritmo, e frenano di colpo quando arrivano al punto esatto che indica uno di loro, che si direbbe essere il direttore della squadra. Un po’ più in là entriamo in uno dei bar aperti, affamati come se non avessimo mangiato in venti giorni, ma soprattutto con una grande voglia di prendere un caffè caldo che ci sistemi il corpo. La possibilità di riposarci un po’ non è neanche male. In queste occasioni vediamo facce conosciute che salutiamo con un gesto cordiale e che non ricordiamo dove abbiamo visto per l’ultima volta. Dopo la nostra colazione, attraversiamo il paese da un estremo all’altro e ci imbattiamo con un terreno abbandonato e invaso dalla vegetazione spontanea, che attira l’attenzione per via di un’insegna di legno dove si può leggere la parola METEORITO. Si tratta del luogo in cui è caduto un meteorite nel 1947.

Sei chilometri dopo ci troviamo a Mansilla de las Mulas, antica località murata il cui passato è impresso sulla sua fisionomia. Quando entriamo nel centro storico, attraversiamo quello che è stata la porta del castello. Del suo arco o architrave non c’è più traccia, però. Un po’ più in là, spunta la torre della chiesa, ma quello che sembra restituire le forze al camminatore si vede soltanto all’uscita della località, sul ponte medievale: il corso del fiume Esla, che come altri che abbiamo visto sul Cammino, rinfresca lo spirito e massaggia la mente col classico rumore di acque mosse. Seguendo il percorso della strada, arriviamo a Villamoros de Mansilla e a Puente Villarente, dove dobbiamo attraversare questa volta il fiume Porma, anch’esso pieno d’acqua come l’Esla. Non c’è molto di più prima di arrivare a Arcahueja. Il fatto è che abbiamo camminato molto e non abbondano le giornate lunghe 30 km, quindi, da un lato, il nostro fisico sente chiaramente lo sforzo accumulato, ma il fatto che questa sia stata una tappa in pianura, con poche variazioni geografiche o di paesaggio, fa sì che la mente si senta riposata.

La sensazione è simile a quella che provocano quei giochi in cui si cerca di ingannare il cervello. Ad esempio, si presenta una serie di parole che designano i colori e si chiede a qualcuno di dire a voce alta qual è il colore col quale sono scritte le parole, che non coincide con la parola stessa: blu, rosso, verde… ma «blu» è scritto col rosso, «rosso» col verde, «verde» con blu. E così il cervello non sa più cosa fare, se leggere la parola o dire il colore che vede. Quando arriviamo ad Arcahueja, non sappiamo che regole seguire. Quelle della mente, che vorrebbe continuare, o quelle dei piedi, che chiedono una pausa immediata. Per complicare le cose ancora di più, aggiungendo altre sensazioni inverosimili, proprio all’ingresso di Arcahueja, io 20 metri più avanti dello scudiero, appare davanti a noi un cerbiatto senza corna (immagino fosse una femmina, ma non sono esperto nell’argomento). Camminava piano, con assoluta fiducia, senza mostrare alcun timore nei confronti di quegli esseri esausti che si stavano avvicinando. Sarà stato a circa dieci metri davanti a me, proveniva dal bosco vicino e, in un attimo, ho dovuto decidere se fare una foto oppure avvisare lo scudiero perché potesse vedere la stessa cosa che che stavo vedendo io. Ho scelto la seconda opzione. Credo che mi siano venute in mente parecchie immagini che fanno vedere in tv per denunciare coloro che danno più importanza a un selfie rispetto alla propria integrità fisica o a coloro che sono capaci di fotografarsi davanti a un cadavere per immortalare un momento irripetibile e diffonderlo poi nei social come se fosse l’invito a una festa di compleanno. Lo so che il momento non era paragonabile, ma sono anche consapevole che, se mi fosse trattenuto a fare la foto, lo scudiero si sarebbe perso lo spettacolo di vedere la passeggiata di un bellissimo esemplare di cervo a qualche metro di distanza, con un atteggiamento tra l’altezzoso e il narcisista, il che lo rendeva più bello ancora.

Biancheria appesa, di Andrea Zuppa.

Quando arriviamo all’ostello La Torre, il proprietario ci stava aspettando. In realtà, è piuttosto un bar ristorante con stanze disponibili. Noi avevamo prenotato due posti in quelle più economiche: due spazi adiacenti con letti a castelli, il primo di sei posti letto in totale e il secondo di quattro. Per il momento, c’era soltanto una coreana (a dire il vero, non potevamo sapere affatto di dov’era, ma ogni volta che vedevano un pellegrino orientale, avevamo la tendenza di credere che fosse della Corea). Aveva chiuso la porta e le finestre, e aveva messo l’aria condizionata a bassissima temperatura. Quando ci siamo fatti la doccia, siamo andati a mangiare, e ci siamo riusciti per miracolo. Erano più delle 16:00 e la cucina era chiusa. Lenticchie come primo, polpette di carne come secondo, e da bere sidro naturale. Lo sforzo era valso la pena.

Dopo il pranzo e la siesta d’obbligo, andiamo al bar a bere qualcosa di fresco e prendere note sulle nostre avventure del giorno. All’inizio dobbiamo rimanere dentro il locale perché tutti i tavolini esterni sono occupati, ma dopo riusciamo a sederci fuori. E poco dopo aver occupato uno di quei tavoli, inizia a parlarci un tipo un po’ strano con voglia di attaccar bottone, che ci interrompeva costantemente senza che noi gli facessimo capire che poteva permetterselo. Da una parte, era come la voce della coscienza, perché io stesso ero favorevole a passare il tempo a conversare con gli altri, prima di perderlo su internet con qualsiasi pretesto, ma mi ero proposto di scrivere un diario del Cammino, e avevo già accumulato così tanto ritardo che dovevo approfittare di qualsiasi momento allo scopo di portarmi avanti.

― Siete lì, sempre con cellulare... Io neanche ce l'ho il cellulare.

Pian piano ci riesce ad attirare la nostra attenzione. Ci dice di essere tedesco, specificamente di Berlino. E, a dire il vero, la sua nazionalità era evidente sia per via del suo leggerissimo accento inconfondibile, sia per il suo aspetto fisico, un po’ da punkabestia raffinato, potremmo dire. E con questo non voglio dire che tutti i tedeschi rispondano al tipo punkabestia, ma è uno dei molti gruppi sociali ampiamente rappresentati nel Paese, almeno secondo la mia esperienza (scarsa, probabilmente) nell’argomento. È accompagnato da un altro uomo del posto, molto più tranquillo di lui, che ogni tanto ci chiede di scusare il suo amico, perché ha bevuto e, quando beve, non è in grado di mantenere la bocca chiusa. Ma in realtà non ci disturba affatto, l’unica cosa è che abbiamo da fare. Alla fine, metto un po’ da parte quello che sto facendo e gli chiedo come si chiama.

― Sean...―seguito da un paio di altri nomi, pronunciati in un perfetto inglese.
― Mi aspettavo un nome tedesco.
― Mio padre era un soldato britannico nella Berlino occupata del dopoguerra, e ha sposato mia madre, che era berlinese. Per la mia famiglia inglese, sono sempre stato il bastardo tedesco.
Mansilla de las Mulas. Puerta del Castillo.

Eccolo qua il giro della conversazione che gli ha permesso di conquistare il pubblico. Campione di storytelling, altro che i giullari della scuola di Sahagún. Ma non è finita qua, la seguente storia è molto più accattivante. La racconta dopo averci chiesto se facciamo il cammino per motivi religiosi, a cui rispondiamo di no.

― Tre o quattro anni fa ho conosciuto un pellegrino che offriva tutto a tutti, e quando siamo rimasti da soli gli ho chiesto perché lo faceva. Mi ha raccontato che gli avevano diagnosticato una malattia terminale e che gli sembrava una modo giusto di spendere i soldi.

Non so perché, ma avevo la sensazione che stesse inventando tutto, anche se magari ero ingiusto, e solo voleva chiacchierare un po’. Immagino che quando le persone bevono, sono più inclini a confessarsi di quanto lo siano a inventare storie incredibili, ma davanti all’ineffabile Sean mi sentivo un po’ disorientato. Quando stavamo già mettendo via le nostre cose, con il bar chiuso e l’ora di cena (per loro) che si avvicinava, ci ha fatto una richiesta inaspettata.

Río Esla / Fiume Esla. Mansilla de las Mulas
― Vi posso chiedere un favore?
― Se possiamo aiutarti...
― Potete portare questo fino a Santiago? È di mia figlia ―e ci mostra una specie di filo di ferro rosa in forma circolare, a mo' di corona di principessa, con delle stelle lucide a sei punte e dello stesso colore appese attorno al cerchio.
― Bene, d'accordo.
― Tutto qua. Non portatela al Santo, né niente del genere. La portate soltanto fino a Santiago e la lasciate da qualche parte.
― Va bene, non ti preoccupare, noi la portiamo. Promesso ―gli dice Andrea, metà in italiano metà in spagnolo, e mi stupisce il tono di compromesso serio con cui parla.

La prende con cura e, quando arriviamo alla stanza, la mette in una borsa di stoffa, quella che porta addosso quando invia lo zaino fino alla prossima stazione. In quel momento non ho dubbi che farà tutto il possibile per portarla a destinazione.

Nuestro encargo de última hora / La nostra richiesta dell’ultimo minuto

Pensieri del giorno

La mente è la riserva di energia delle gambe.

Meglio fare attenzione a una persona che parla che a un oggetto che suona.

Se accetti un incarico, qualsiasi esso sia, devi mantenere quello che hai promesso.
Dritta la strada:
le gambe sono esauste,
la mente allegra.

Poesia di Travesía

In questa tappa abbiamo la poesia Altri camminanti, che parla del valore che hanno le altre persone che troviamo lungo il Cammino. Consta di due parti principali più una conclusione finale. Nella prima si stabilisce una premessa fondamentale: la tendenza alla solitudine, il fatto di sentirsi a proprio agio con sé stessi e col dialogo interiore che si produce proprio grazie a quella solitudine, cercata o semplicemente accettata volentieri. Dopo c’è il riconoscimento dell’importanza degli altri camminatori per trovare un senso al proprio Cammino: sì, d’accordo, la solitudine va benissimo, ma bisogna riconoscere anche che si cresce e si impara quando ci si rapporta con altre persone, e che i momenti indimenticabili non succedono di solito quando ci si rinchiude in se stessi, ma quando ci si apre agli altri. D’altra parte, sono i momenti condivisi quelli che danno un valore a quelli solitari, quelli che fanno crescere il bisogno di appartarsi e di dedicarsi un istante di riflessione. In definitiva, il Cammino (come la vita) sarebbe qualcosa di molto diverso se durante il suo percorso non incrociassimo molti altri pellegrini.

In questo caso, l’esperienza concreta serve soprattutto a riaffermare la premessa, vale a dire, che sto bene quando convivo con me stesso. Questo non vuol dire che mi sia scoperto una persona più asociale di quello che pensavo, ma piuttosto non ho molto da condividere con il camminatore tipo. Pensandoci, ho ricordato varie persone con cui ho scambiato impressioni su alcuni argomenti e, a dire il vero, sono state esperienze positive che hanno arricchito la giornata. Così sono giunto alla conclusione che sul Cammino, come nella vita, si può andare a genio soltanto con un gruppo ristretto di persone e che ognuno cerca quello spazio dove trovare quelle anime affini (o, se si è fortunati, perfino anime gemelle) che fanno diventare il dialogo un atto spontaneo e il tempo, quella magnitudine volatile che passa molto velocemente. E l’età è soltanto una delle variabili. È come se esistesse una mutazione genetica aleatoria che ti lega agli altri o ti separa da loro per via di una similarità o di una compatibilità imprevedibili. Speriamo che la mutazione di cui siamo portatori non provochi una malattia di quelle denominate rare.

Altri camminanti
Altri camminanti
I tratti del Cammino che appaiono deserti 
non mi hanno mai impaurito.
Non mi ha mai tolto il sonno
dormire in un ostello senza altri ospiti.
Il silenzio mi chiama e mi convoca 
a una festa con pochi invitati
dove sempre converso
e spesso faccio grandi scoperte.

Tuttavia è difficile sollazzarsi nel vuoto 
se prima non conosci
la ristrettezza dello spazio condiviso,
il respirar complesso
dell’aria sprecata dagli altri,
l’odore di altre pelli passeggere,
le voci immigrate
che atterrano inattese negli orecchi.

Che camminar sarebbe
senza gli altri camminanti e le loro impronte?

2 comentarios sobre “El Camino Inverso / Il Cammino Inverso – Jornada 18ª / Giornata 18ma: El Burgo Ranero – Arcahueja

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