El Camino Inverso / Il Cammino Inverso – Jornada 16ª / Giornata 16ma: Carrión de los Condes – Moratinos

Km: 30 – km totales: 400,5 – ampollas / vesciche: 0 – totales: 1

Perfil de etapa / Profilo della tappa. Guía Eroski Consumer.
Resumen de la etapa / Riassunto della tappa
Vídeo de la etapa realizado por el escudero / Video della tappa realizzato dallo scudiero.

[ESPAÑOL]

Buenos días, tristeza.

Nuestra etapa 16 empieza con un cambio de planes: abandonamos la idea inicial de llegar a Terradillos de los Templarios, meta que sustituimos con Moratinos. De ese modo, alargamos el día unos cuarenta minutos (no llega a tres kilómetros y medio), con la intención de ir comiéndole espacio a la etapa 18, que, según las indicaciones de nuestra guía, debería concluir en León y sobrepasar los 37 kilómetros. De acuerdo con nuestra experiencia de las últimas dos semanas, esa cifra se nos antoja monstruosa, y tampoco nos parece una idea genial llegar a León con el único objetivo de meternos en la cama y no volver a salir hasta el día siguiente. Ya veremos si ha sido buena la ocurrencia.

Saliendo del Monasterio de Santa Clara tenemos que cruzar el río Carrión, atravesar la localidad de este a oeste, pasar delante del Monasterio de San Zoilo y dejar atrás dos rotondas. Después pasamos por delante de la Abadía de Benevívere (que se adivina a nuestra derecha, detrás de una barrera natural de coníferas), cuando ya hemos caminado unos cinco kilómetros. Poco más allá termina la carretera y nos adentrarnos en la pista de tierra que sigue el antiguo trazado de la Vía Aquitana (calzada romana que unía Burdeos con Astorga). Esta tiene todas las ventajas y desventajas de las rectas de la Meseta: se hacen más o menos monótonas, dependiendo más que nada del estado mental del caminante, pero ofrecen siempre interesantes panorámicas y rincones dignos de retratar en la memoria.

Río Carrión. Carrión de los Condes / Fiume Carrión. Carrión de los Condes

Más adelante nos encontramos con otro food truck de los muchos que vamos conociendo desde que empezamos nuestro viaje. Este tiene el muy original nombre de «El Camino», y nos ofrece la oportunidad de volver a desayunar, como si conociera nuestras costumbres adquiridas. Aceptamos con mucho gusto la oferta, no solo porque llevamos ocho kilómetros andando, sino también porque el primer desayuno en el centro de Carrión, poco después de salir de Santa Clara, nos obligó a enfrentarnos con una camarera que había salido de casa convenientemente estresada por sus propias cuitas, y a la que aturullaba tener que atender las comandas de cuatro personas comedidas que pedían las cosas por favor. Superamos la tentación de salir corriendo, pero nos supo a poco, como si no hubiera sido un desayuno completo. Probablemente por eso, poder sentarnos ahora al aire libre en medio de la llanura palentina para saborear otro café acompañado del tradicional bocadillo (el escudero) o de algo dulce para alegrar la mañana (el caballero), no tiene precio. Estas pequeñas alegrías de la vida tienen más valor cuando eres consciente de que pueden terminar en cualquier momento, de que el próximo capítulo de tu andadura puede ser triste y acabar de un plumazo con la sonrisa de los labios.

Monasterio de San Zoilo

Y así fue. Llevábamos unos once kilómetros de jornada cuando me doy cuenta de que el escudero está hablando por teléfono con su madre. Aunque puedo oír solo la parte de la conversación que se produce a este lado, me voy haciendo una idea bastante acertada de lo que le están contando. Oigo el nombre de Whisky, el perro de ocho o nueve meses, sin raza conocida, que ha conquistado a toda la familia desde que llegó a su casa. ¿Pero cómo es posible? –pregunta el escudero. El tono de sus palabras denota un enfado manifiesto, una rabia que va creciendo a medida que avanza el diálogo. La cancela de casa estaba abierta -logro entender. El perro ha salido corriendo. No me quedan muchas dudas de lo que ha pasado, pero aún no tengo toda la información. Quiero creer que las consecuencias no han sido las peores, aún conservo un resquicio de esperanza. La conversación termina y noto que el corazón se me ha acelerado. Me queda un segundo de incertidumbre.

- Morto secco!

Ya no tengo la menor duda: Whisky ha sido atropellado por un coche, que lo ha matado al instante. Pobrecillo.

Me he quedado de piedra y, hasta cierto punto, me sorprende mi propia reacción ante la noticia. Se me saltan las lágrimas. He visto a Whisky solo cinco o seis veces en mi vida. En nuestras caminatas de entrenamiento para el Camino, el escudero lo llevó en un par de ocasiones para que nos acompañara. En la laguna de Comacchio, en los Colli Euganei, en el camino de Padua a Stra… lo suficiente para conquistarme a mí también. Tenía la simpatía de un cachorro travieso, pero si luego íbamos a comer a algún sitio, se quedaba en su mochila y dormía como un bendito sin molestar a nadie. Dondequiera que lo lleváramos, a su paso florecían las sonrisas de quien se cruzara con nosotros. Grandes y pequeños. Algunos no se atrevían a decir nada, otros no podían reprimir el impulso de acariciarlo, de cogerlo en brazos, incluso. De hacer mil preguntas sobre la raza, el nombre, la edad… Él se dejaba hacer sin extrañar a nadie, de hecho conmigo tampoco necesitó mucho tiempo para considerarme uno de los suyos y, al toparse conmigo por segunda vez, reaccionó con la efusión típica de quien se alegra de ver a alguien. Solo tenía un punto débil: las personas vestidas de negro no se libraban de sus gruñidos.

Hacía ya más de dos meses que no lo veía, y le había hecho saber al escudero que tenía ganas de verlo. Él, por su parte, me confesó que si le apetecía volver a casa, era solo por ver la reacción de Whisky cuando se encontrara con él después de cuatro semanas de separación. Perfecto -le dije. Pues el día que lleguemos, voy contigo a tu casa, y así matamos dos pájaros de un tiro. Ya no podrá ser. El hombre propone y Dios dispone.

Whisky de excursión / Whisky in gita

A partir de ese momento, la jornada da un giro inesperado. El silencio se instala entre nosotros y, de algún modo, siento que caminamos deprisa sin fijarnos demasiado en lo que nos rodea. Tal vez por eso se nos ha pasado el punto en que nos cruzamos con la Cañada Real leonesa, una ruta de trashumancia que comunica León con Extremadura. La recta se hace cada vez más monótona, pero tal vez sea lo que nos pide el cuerpo. Los pies avanzan automáticamente a un ritmo sostenido, tristón y fácil de seguir. La cabeza se aleja del camino, vaga sin un destino cierto para soportar ese vacío insistente que parece sonar más que cualquier estruendo posible. Se suceden otros parajes y otras localidades como las inmediaciones de Cervatos de la Cueza o Calzadilla de la Cuesta. Hacemos algunas fotos. Mirando la galería de imágenes del teléfono, pienso en la posibilidad de volver atrás, en cuánto nos gustaría a veces tener el poder de deslizar el tiempo con el dedo sobre una pantalla táctil para regresar al instante, tal vez cercanísimo pero igual de imposible, en que la situación era diferente. Recuerdo alguna película fantástica. A Superman volando a la máxima velocidad posible alrededor del planeta, en sentido contrario a la rotación terrestre, para provocar una pequeña inversión del tiempo que le permitiera subsanar sus errores. Y así van sucediéndose los pasos, los minutos, los kilómetros, entre paréntesis absurdos y preguntas que no acaban de encontrar respuesta.

Cuando llegamos a Ledigos ya hemos hecho más de veintitrés kilómetros. Para llegar a Terradillos, tenemos dos posibilidades y no sabemos cuál elegir. En el bar donde hemos hecho una pequeña pausa con refrigerio nos informan de que da un poco igual, porque se acaban uniendo antes de llegar a Terradillos. El primero es el camino tradicional y el segundo es una senda para peregrinos creada más recientemente, que permite alejarse de la carretera y ofrece más sombra al caminante, de modo que elegimos esta última. A partir de este momento el terreno se hace más pedregoso y el escudero se frena bastante. Como siempre, el sol y el cansancio acumulado no ayudan, pero por una vez, a pesar de que nos hemos tenido que parar poco antes de entrar en Montesinos en una especie de merendero abandonado y rodeado de álamos que refrescaban el lugar, tengo la impresión de que la etapa se ha hecho corta. Si miro hacia atrás, es como si saltara mentalmente al kilómetro once, en el que supe la noticia. En el Camino, como en la vida, a veces ocurren cosas que nos impiden disfrutar de los días, imprevistos que nos encierran en una coraza hermética y nos separan del entorno, y aunque este pueda ser amable o incluso reparador, lo sentimos hostil hasta que, sin darnos cuenta, las horas vuelven a su ser dócil de siempre.

Paraje cercano a Cervatos de la Cueza / Paesaggio vicino a Cervatos de la Cueza

Llegar al albergue San Bruno de Montesinos fue una liberación. Descansamos, como siempre, nos aseamos y nos dejamos llevar por ese ambiente de oasis verde, con su jardín cuidado, su fuente pequeña y rumorosa, sus geranios colocados aquí y allá como motas de color para demostrar que, a pesar de las malas noticias, siempre se puede empezar de nuevo. La gestión del lugar es completamente italiana. Bruno dejó su trabajo en el sector de la ingeniería, invirtió en la compra de una casa en ese pueblo, y la restauró y adaptó a las necesidades de un albergue de peregrinos. Posteriormente, Anna lo siguió en su nuevo modo de vida, y se encarga de la cocina y de la recepción de los clientes. Vienen de la provincia de Brescia, de la Lombardía emprendedora, y demuestran que se puede cambiar de vida con un poco de suerte (y, francamente, creo que en su caso, también con bastante dinero que invertir en el sueño que persigues). Dan la impresión de haber encontrado su lugar en el mundo y de ser felices en él, aunque lo ocupen solo durante medio año y vuelvan a su tierra durante el otro medio. O tal vez sea por eso por lo que son felices, porque no renuncian a ninguno de sus universos y han sabido encontrar un equilibrio entre el pasado y el presente. San Bruno es un lugar de paso para algunos peregrinos, que acaban volviendo cada cierto tiempo para reencontrarse con los anfitriones, y pagar tal vez su estancia con el trabajo en el huerto, la limpieza, la ayuda en la cocina, la reparación de los objetos que se rompen y se quedan olvidados hasta que alguien los arregla… Es el espíritu del Camino.

Aquel día nos reencontramos brevemente con Steven, el inglés que camina a la velocidad del rayo y que, cuando estábamos entrando sudorosos y cansados, nos saludó con las piernas metidas en la fuente. Hi, guys! -nos dijo mientras nos invitaba con un gesto elocuente a refrescarnos del mismo modo. También conocimos a una pareja de franceses (otra), calculo que de unos sesenta y tantos años, que durante la cena nos contaron que vivían cerca de la frontera con Suiza, y que en aquella zona sufrían una subida de precios generalizada por el hecho de que muchos de sus vecinos eran trabajadores transfronterizos con mucho más poder adquisitivo que el resto de la población. De ahí pasamos a repasar la situación de España e Italia, comparándolas entre ellas y con la propia Francia. La situación económica y laboral, el auge de la extrema derecha… Arreglamos el mundo en dos minutos. Ella hablaba poco, y él, que había pedido una botella de vino para compartir, nos invitaba a los demás a llenar el vaso en cuanto veía que se iban quedando vacíos. Por cierto, la cena la había preparado Anna (carbonara abundante, lomo adobado con ensalada y sandía), y era la primera vez que cenábamos en comunidad con el resto de peregrinos de un albergue. Ayudaba el hecho de que éramos pocos: además de los franceses, el escudero y yo, solo estaba Maria, una calabresa afincada en Turín, que hacía el Camino (deduje, no sé si erróneamente) llevada, al menos en parte, por motivos religiosos.

Para la sobremesa, los franceses «se retiraron a sus aposentos», supongo que no solo porque estuvieran cansados, sino porque los demás tendíamos a hablar en italiano, lengua que ellos desconocían. Bruno y Anna se sentaron con nosotros y también apareció una joven siciliana que había conocido el albergue mientras hacía el camino en el 2020, me pareció entender, y que luego se ha quedado enganchada a él de algún modo del que no puede deshacerse. Entonces empezó otra conversación que, sin las limitaciones lingüísticas de la primera, transcurrió por otros derroteros más profundos y más relajantes.

Cervatos de la Cueza. Foto B&N de Andrea Zuppa

Bruno y Anna nos contaron cómo habían llegado hasta allí, y nos dieron información sobre el Camino que desconocíamos. Comenté que me sorprendía el número de italianos que estábamos encontrando, indiscutiblemente el grupo más numeroso, pero Bruno no pensaba que hubiera más que otros años, sino que su presencia era más evidente porque otros grupos nacionales muy numerosos todavía no habían vuelto a las andadas después de la pandemia: por ejemplo, los estadounidenses y los coreanos. Estos últimos -explicó- llegaban incentivados por su gobierno, que, en su afán de abrir la mentalidad de la población del país (de Corea del Sur, se entiende), tradicionalmente encerrada en sí misma sin grandes referentes en el exterior, fomentaba el viaje hasta España y el recorrido compostelano, para obligarlos a relacionarse con los demás, a socializar, a hablar idiomas, a arreglárselas solo en un entorno nuevo. También contó que había tenido un caso de algún menor de edad francés que, tras cometer un delito, ha sido condenado a hacer el Camino, porque te enseña a organizarte, a sentir la dependencia de los demás y te da la posibilidad de ser de ayuda, de esforzarte, de aprender en contacto con los otros. Vienen, en esos casos, con un supervisor adulto que hace de peregrino también en la distancia y actúa solo en caso de necesidad. Cuando el supervisor llega al albergue, entrega las normas impuestas por el juez (nada de alcohol ni de salidas nocturnas, ruido, fiestas, etc.). No es una mala condena -pensé.

Por primera vez desde que estamos en marcha nos acostamos a las once de la noche, lo cual era signo de dos cosas. La primera, que estábamos a gusto, que tal vez la conversación nos permitía olvidarnos a ratos de la mala noticia del día, o al menos asimilarla de un modo menos traumático, de aceptar la realidad de los hechos y vivir con la tristeza que nos provocaba el recuerdo. La segunda, que Bruno y Anna no nos estaban hospedando en su establecimiento, sino que nos estaban acogiendo en su casa. Y nos trataban como a viejas amistades reencontradas después de mucho tiempo. A Bruno hasta le dio tiempo a aconsejarnos un libro: Lettere dalla Kirghisia, de Silvano Agosti.

Pensamientos del día

Disfruta del día a día porque en el futuro te darás cuenta de que estaba hecho de momentos felices.
Nunca digas "de esta pena no sufriré".
Una buena conversación tiene el poder de relajar la mente y acariciar el espíritu. 
Como amapolas
al borde del camino
crecen ortigas.

Poema de Travesía

Con la decimosexta etapa empieza en Travesía el capítulo de la madurez, cuyo primer poema es Castigo divino, título que hace referencia a la frase del Génesis «con el sudor de tu rostro comerás el pan hasta que vuelvas a la tierra, pues de ella has sido tomado, ya que polvo eres y al polvo volverás«. Popularmente, esta frase se ha convertido en «te ganarás el pan con el sudor de tu frente» y en la identificación del trabajo con una maldición del Creador, que después de expulsar a Adán y Eva del Paraíso, les inflige el peor de los castigos: el trabajo necesario para la supervivencia. Se acabó la fiesta, la ociosidad, la buena vida, el paraíso. Y esa nueva condición se hace patente cuando la llegada a la madurez, a la edad adulta, impone la condición de dedicar los días a una ocupación laboral que, en la inmensa mayoría de los casos, cumple exclusivamente la función de garantizarse unos ingresos con los que «ganarse el pan». E incluso cuando la fortuna permite elegir un trabajo que responde a los gustos y los intereses personales, es inevitable que llegue el cansancio, la rutina, la frustración provocada por la monotonía. Y entonces aparece la nostalgia por ese pasado en que al menos se tenía la ilusión de caminar libre por las vías en que transcurría la propia vida.

Ha querido el destino que hoy haya llegado la mala noticia que nos ha abatido como un golpe brutal e inesperado, tal vez para avisarnos de que hay otros castigos divinos más duros y más destructores que «la provisión que ganas con esfuerzo». La muerte en cualquiera de sus manifestaciones (que, por supuesto, pueden ser mucho más terribles que la que nos ha asaltado hoy) se presenta como un dolor inevitable que espera a la vuelta de la esquina y nos sume en la desesperación de lo desconocido. Porque lo que no se conoce no se puede combatir y, por tanto, asegura un buen número de derrotas, de pérdidas ante las que solo caben la resignación o la angustia inconformista.

Castigo divino
Pasadas las jornadas complacientes,
los meandros felices y las sorpresas góticas, 
transcurridos los tiempos en que andar
era una hermosa decisión
al abrigo del sueño y del deseo,
y sujeta a los cambios del ánimo y del clima,
todo se ha transformado en una parda certidumbre 
ineludible
y cuesta mantener el tipo erguido.

El sudor en la frente,
el castigo divino,
la provisión que ganas con esfuerzo...

Se añoran los remansos
donde bajar el ritmo y volver a creer 
que tú decides el trayecto.

Índice de entradas

[ITALIANO]

Buongiorno, tristezza.

La nostra tappa numero 16 comincia con un cambio di destinazione: abbandoniamo l’idea di arrivare a Terradillos de los Templarios, meta che sostituiamo con Moratinos. In questo modo, allunghiamo la giornata di circa quaranta minuti (poco meno di tre chilometri e mezzo), con l’intenzione di ridurre un po’ i chilometri della 18ma tappa, che, secondo le indicazioni della nostra guida, dovrebbe concludersi a León e andare oltre i 37. D’accordo con la nostra esperienza delle ultime due settimane, questa cifra ci sembra mostruosa, e non è neanche geniale arrivare a León con l’unico scopo di andare a letto e non uscirne fino al giorno dopo. Vedremo se è stata veramente una bella trovata.

Dopo essere usciti dal Monastero di Santa Chiara dobbiamo superare il fiume Carrión, attraversare la località da est a ovest, passare davanti il Monastero di San Zoilo e lasciare dietro due rotonde. Dopo passiamo davanti l’Abbazia di Benevivere (la cui sagoma si riesce appena a vedere dietro una barriera naturale di conifere), quando abbiamo già camminato circa 5 chilometri. Poco più in là finisce la strada e ci addentriamo nella pista di terra che segue il vecchio percorso della Via Aquitana (strada romana che collegava Bordeaux con Astorga). Presenta tutti i vantaggi e tutti gli svantaggi delle rette della Meseta: risultano più o meno monotone, a seconda, più che altro, dello stato mentale del camminante, ma offrono sempre interessanti panorami e angoli degni di essere stampati nella memoria.

Ledigos

Più avanti troviamo un altro food truck dei molti che stiamo conoscendo da quando abbiamo iniziato il nostro viaggio. Questo ha il molto originale nome di «El Camino», e ci offre l’opportunità di rifare la colazione, come se conoscesse le nostre abitudini acquisite. Accettiamo molto volentieri l’offerta, non soltanto perché è da 8 chilometri che stiamo camminando, ma anche perché la prima colazione che abbiamo fatto in centro a Carrión, poco dopo essere usciti da Santa Chiara, ci ha costretto a far fronte a una cameriera che era uscita da casa convenientemente stressata dai suoi molti pensieri, e che era turbata dal dover servire quattro clienti prudenti che ordinavano con gentilezza le loro consumazioni. Abbiamo superato la tentazione di scappare di corsa, ma è come se fossimo rimasti in qualche modo insoddisfatti, come se non fosse stata una colazione completa. Forse per quello, il fatto di poterci sedere all’aria aperta in mezzo alla pianura di Palencia per assaporare un altro caffè accompagnato dal tradizionale panino (lo scudiero) o da qualcosa di dolce (il cavaliere), è impagabile. Queste piccole cose della vita hanno più valore quando sei consapevole che possono finire in qualsiasi momento, che il capitolo dopo della tua storia può essere triste e cancellare in un colpo solo il sorriso dalle labbra.

Lagartos

E così è stato. Eravamo più o meno all’undicesimo chilometro della giornata quando mi rendo conto che lo scudiero sta parlando al telefono con sua mamma. Anche se posso sentire soltanto la parte della conversazione che si svolge da questa parte, mi costruisco pian piano un’idea abbastanza fedele di quello che stanno raccontandosi. Sento il nome di Whisky, il cane di otto o nove mesi, senza razza conosciuta, che ha conquistato tutta la famiglia da quando è arrivato. Ma com’è possibile? –chiede lo scudiero. Il tono delle sue parole lascia trasparire un’evidente irritazione, una rabbia che cresce man mano che la conversazione prosegue. Il cancello di casa era aperto -riesco a capire. Il cane è scappato di corsa. Non ho più tanti dubbi su cosa è successo, ma non ho ancora neanche tutta l’informazione. Voglio credere che le conseguenze non siano state le peggiori, mi resta ancora un minimo di speranza. La conversazione finisce e sento che il mio cuore si è accelerato. Ancora un secondo di incertezza.

- Morto secco!

Non ho più dubbi adesso: Whisky è stato investito da una macchina, che lo ha ammazzato all’istante. Poverino.

Sono pietrificato e, fino a un certo punto, mi stupisce la mia reazione alla notizia. Mi viene da piangere. Ho visto Whisky soltanto 5 o 6 volte in vita mia. Nelle nostre camminate di allenamento per il Cammino, lo scudiero l’ha portato un paio di volte. Nella laguna di Comacchio, nei Colli Euganei, nella strada da Padova a Stra… sufficiente perché conquistasse anche me. Aveva la simpatia di un cucciolo birichino, ma se dopo andavamo a mangiare da qualche parte, rimaneva nello zainetto e dormiva come un angelo senza disturbare nessuno. Ovunque lo portassimo, al suo passaggio fiorivano i sorrisi di coloro che ci incrociavano. Grandi e piccoli. Alcuni non osavano dire niente, altri non potevano reprimere l’impulso di accarezzarlo, perfino di prenderlo in braccio. Di fare mille domande sulla razza, il nome, l’età… Lui si lasciava fare, infatti neanche con me ha avuto bisogno di molto tempo per considerarmi uno dei suoi e, quando mi ha incontrato per la seconda volta, ha reagito con l’effusione tipica di chi è contento di rivedere qualcuno. Aveva soltanto una debolezza: le persone vestite di nero dovevano sopportare il suo grugnito.

Erano più di due mesi che non lo vedevo, e avevo fatto sapere allo scudiero che avevo voglia di rivederlo. Lui, invece, mi ha confessato che, se aveva una ragione per tornare a casa, era vedere la reazione di Whisky nel trovarselo di nuovo davanti dopo quattro settimane di separazione. Perfetto -gli ho risposto. Allora, il giorno del nostro arrivo, vengo a casa tua con te, e così prendiamo due piccioni con una fava. Non sarà più possibile. L’uomo propone e Dio dispone.

Vie traverse, di Andrea Zuppa.

Da quel momento in poi, la giornata fa un giro inaspettato. Cala il silenzio tra di noi e, in qualche modo, sento che camminiamo di corsa senza fare troppa attenzione a quello che ci circonda. Magari è per quello che ci è sfuggito il punto in cui incrociamo la Cañada Real, una strada di transumanza che collega León con la Extremadura. La retta diventa sempre più monotona, ma è forse proprio quello di cui abbiamo bisogno. I piedi vanno avanti in modo automatico a un ritmo sostenuto, triste e facile da seguire. La testa si allontana dalla strada, vaga senza una destinazione certa per sopportare quel vuoto insistente che sembra risuonare di più di qualsiasi boato possibile. Si succedono altri paraggi e altre località come i dintorni di Cervatos de la Cueza o di Calzadilla de la Cuesta. Facciamo alcune foto. Guardando la galleria di immagini del telefono, penso alla possibilità di tornare indietro, a quanto ci piacerebbe a volte avere il potere di far scorrere il tempo col dito su uno schermo per ritornare all’istante, magari vicinissimo ma ugualmente impossibile, in cui la situazione era diversa. Mi viene in mente qualche film fantastico. Superman che vola alla massima velocità possibile attorno al pianeta, in senso contrario alla rotazione terrestre, per provocare una piccola inversione del tempo che gli permette di correggere i suoi errori. E così si susseguono i passi, i minuti, i chilometri, fra parentesi assurde e domande che non riescono a trovare una risposta.

Quando arriviamo a Ledigos, abbiamo già percorso più di 23 chilometri. Per arrivare a Terradillos, abbiamo due possibilità e non sappiamo quale scegliere. Nel bar dove abbiamo fatto una piccola pausa con rinfresco, ci informano che non cambia niente, perché i due percorsi si uniscono prima di arrivare a Terradillos. Il primo è il cammino tradizionale e il secondo è un sentiero per pellegrini creato più recentemente, che permette di allontanarsi dalla strada trafficata e offre più ombra al camminatore. Così, scegliamo quest’ultimo. Da adesso in poi, il terreno diventa più sassoso, e lo scudiero si frena parecchio. Come al solito, il sole e la stanchezza accumulata non aiutano, ma per una volta, nonostante la pausa forzata poco prima di entrare a Montesinos in una specie di area di ristoro abbandonata e circondata da pioppi che la rinfrescavano, ho l’impressione che la tappa sia sembrata corta. Se guardo indietro, è come se saltassi mentalmente fino all’undicesimo chilometro, nel quale ho conosciuto la notizia. Sul Cammino, come nella vita, a volte succedono cose che ci impediscono di goderci le giornate, fatti imprevisti che ci rinchiudono in una corazza ermetica e ci separano dall’ambiente e, anche se questo può essere gentile o addirittura riparatore, lo sentiamo ostile finché, senza che ci rendiamo conto, le ore non si trasformano di nuovo e diventano docili come al solito.

In solitudine, di Andrea Zuppa.

Arrivare all’ostello San Bruno di Montesinos è stata una liberazione. Ci riposiamo, come sempre, ci laviamo e ci lasciamo trasportare da quell’ambiente di oasi verde, col suo giardino curato, la sua fontana piccola e rumorosa, i suoi gerani sparsi come macchiette di colore per dimostrare che, malgrado le brutte notizie, si può sempre ricominciare da capo. La gestione del posto è tutta italiana. Bruno ha lasciato il suo lavoro nell’ambito dell’ingegneria, ha investito nell’acquisto di una casa in paese, e l’ha restaurata e adattata ai bisogni di un ostello di pellegrini. Successivamente, Anna l’ha seguito nel suo nuovo stile di vita, e adesso è l’addetta alla cucina e al ricevimento dei clienti. Vengono dalla provincia di Brescia, dalla Lombardia imprenditrice, e dimostrano che si può cambiare vita con un po’ di fortuna (e, francamente, credo che nel loro caso, anche con un bel po’ di soldi da investire nel sogno che stai seguendo). Fanno l’impressione di aver trovato il proprio posto nel mondo e di essere felici, anche se lo occupano soltanto durante mezzo anno e tornano nella loro terra per l’altro mezzo. O magari è quella la ragione della loro felicità: non hanno rinunciato ad alcuno dei loro universi e hanno saputo trovare un equilibrio fra passato e presente. San Bruno è un luogo di passaggio per alcuni pellegrini, che tornano ogni tanto per ritrovare i padroni di casa, e pagare il loro soggiorno con il lavoro nell’orto, la pulizia, l’aiuto in cucina, la riparazione degli oggetti che si rompono e rimangono dimenticati finché qualcuno non li sistema… È lo spirito del Cammino.

Quel giorno abbiamo ritrovato brevemente Steven, l’inglese che cammina alla velocità del fulmine e che, quando stavamo entrando tutti sudati e stanchi, ci ha salutato con le gambe dentro la fontana. Hi, guys! -ci ha detto mentre ci invitava con un gesto eloquente a rinfrescarci nello stesso modo. Abbiamo anche conosciuto una coppia di francesi (un’altra), direi di circa 60 – 65 anni, che durante la cena ci hanno raccontato che abitavano vicino alla frontiera svizzera, e che in quella zona subivano un aumento dei prezzi generalizzato per via dei molti lavoratori transfrontalieri con un potere d’acquisto molto più alto di quello del resto della popolazione. Da lì, abbiamo ripassato la situazione della Spagna e dell’Italia, confrontandole tra di esse e con la stessa Francia. La situazione economica e quella del mercato di lavoro, la forte espansione dell’estrema destra… Abbiamo sistemato il mondo in due minuti. Lei parlava poco e lui, che aveva ordinato una bottiglia di vino rosso da condividere, ci invitava a riempire i bicchieri non appena vedeva che si svuotavano. A proposito, la cena l’ha preparata Anna (carbonara abbondante, lombo marinato con insalatina e anguria), ed era la prima volta che cenavamo insieme al resto dei pellegrini di un ostello. Senz’altro, era di aiuto il fatto di essere in pochi: a parte i francesi, io e lo scudiero, c’era soltanto Maria, una calabrese trasferitasi a Torino, che faceva il Cammino (ho dedotto, non so se sbagliando) per motivi religiosi.

Per il dopocena, i francesi «si sono ritirati nelle loro stanze», immagino che non solo perché fossero stanchi, ma anche perché noi altri avevamo la tendenza a parlare in italiano, lingua che loro non conoscevano. Bruno e Anna si sono seduti con noi ed è arrivata anche una giovane siciliana che aveva conosciuto l’ostello mentre faceva il Cammino nel 2020, mi è sembrato di capire, e che dopo ci è rimasta vincolata in un modo di cui non riesce a sbarazzarsi. È iniziata, allora, un’altra conversazione che, senza le limitazioni linguistiche di quella prima, è andata verso altre direzioni più profonde e più rilassanti.

Albergue San Bruno

Bruno e Anna ci hanno raccontato come sono arrivati lì, e ci hanno dato informazioni sul Cammino che non conoscevamo. Ho detto che mi sorprendeva il numero degli italiani che stavamo trovando, indubbiamente il gruppo più numeroso, ma Bruno non pensava che fossero di più rispetto ad altri anni, ma che la loro presenza fosse più evidente perché i gruppi di altre nazionalità, in genere molto numerosi, non erano ancora ritornati dopo la pandemia: ad esempio gli statunitensi e i coreani. Questi ultimi -ci ha spiegato- arrivavano incentivati dal loro governo, che, allo scopo di aprire la mentalità della popolazione del Paese (della Corea del Sud, si intende), tradizionalmente chiusa in sé stessa, facilitava il viaggio fino alla Spagna e il percorso compostellano, per costringerli a relazionarsi con gli altri, a socializzare, a parlare altre lingue, ad arrangiarsi da soli in un ambiente nuovo . Ci ha anche raccontato che avevano accolto da loro un minorenne francese che, dopo aver commesso un delitto, era stato condannato dal giudice a fare il Cammino, perché ti insegna ad organizzarti, a sentire la dipendenza dagli altri, e ti dà la possibilità di essere di aiuto, di sforzarti, di imparare a contatto con altre persone. È arrivato con un supervisore adulto che faceva anche lui il pellegrino in modo anonimo, e agiva soltanto se era necessario. Arrivato in albergo, il supervisore ha consegnato le regole da seguire per decisione del giudice (niente alcol né uscite serali, rumori, feste, ecc.). Non è una brutta condanna -ho pensato.

Per la prima volta da quando siamo in cammino, andiamo a letto alle undici di sera, che è segno di due cose. La prima, che eravamo a nostro agio, che la conversazione forse ci permetteva di dimenticare in certi momenti la brutta notizia della giornata, o almeno di prenderla in un modo meno traumatico, di accettare la realtà dei fatti e di convivere con la tristezza del ricordo. La seconda, che Bruno e Anna non ci stavano ospitando nella loro struttura, bensì ci stavano accogliendo a casa loro. E ci trattavano come vecchi amici. Bruno ha avuto perfino tempo di consigliarci un libro: Lettere dalla Kirghisia, di Silvano Agosti.

Pensieri del giorno

Goditi la quotidianità perché un giorno ti renderai conto che era fatta di momenti felici.
Mai dire "di questa pena non soffrirò".
Una buona conversazione ha il potere di rilassare la mente e accarezzare lo spirito.
Come papaveri
sul bordo del cammino
crescono ortiche.

Poesia de Travesía

Con la 16ma tappa comincia il capitolo Maturità di Travesía, e la sua prima poesia è Castigo divino, titolo che fa riferimento alla frase del Genesi: «mangerai il pane con il sudore del tuo volto, finché tu ritorni nella terra da cui fosti tratto; perché sei polvere e in polvere ritornerai«. Popolarmente, questa frase è diventata «guadagnerai il pane col sudore della tua fronte» e l’identificazione del lavoro con una maledizione del Creatore, che dopo aver espulso Adamo ed Eva dal Paradiso, infligge loro la peggiore delle punizioni: il lavoro necessario per la sopravvivenza. È finita la festa, l’oziosità, la buona vita, il paradiso. E quella nuova condizione si fa sentire quando l’arrivo della maturità, dell’età adulta, impone la condizione di dedicare le giornate a un’occupazione lavorativa che, nella maggior parte dei casi, compie esclusivamente la funzione di garantirsi delle entrate con cui «guadagnarsi il pane» . E, perfino quando la fortuna permette di scegliere un lavoro che risponde ai propri gusti e ai propri interessi, è inevitabile l’arrivo della stanchezza, la routine, la frustrazione provocata dalla monotonia. E, allora, appare la nostalgia di quel passato in cui si aveva almeno l’illusione di camminare liberi lungo le vie dove trascorreva la vita.

Ha voluto il destino che oggi sia arrivata la cattiva notizia che ci ha abbattuto come un colpo brutale e inaspettato, magari per avvisarci che ci sono altre punizioni divine più dure e più distruttrici della «provvigione che guadagni con fatica». La morte in qualsiasi delle sue manifestazioni (che, certamente, possono essere più terribili di quella che ci ha assalito oggi) si presenta come un dolore inevitabile che aspetta dietro l’angolo e ci fa sprofondare nella disperazione dello sconosciuto. Perché quello che non si conosce non si può combattere e, pertanto, assicura un buon numero di sconfitte, di perdite davanti alle quali c’e spazio soltanto per la rassegnazione o per l’angoscia inconformista.

Castigo divino 

Finite le giornate compiacenti,
i meandri felici e le sorprese gotiche,
trascorsi i tempi nei quali camminare
era una bella decisione
protetta dal sogno e dal desiderio,
e soggetta ai cambiamenti dell’animo e del clima, 
tutto si è trasformato in una bruna convinzione 
ineludibile
e costa mantenere la posizione eretta.

Il sudore sulla fronte,
il castigo divino,
la provvigione che guadagni con fatica...

Si rimpiangono le soste
dove abbassare il ritmo e tornare a credere 
che tu sia a decidere il tragitto.

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4 comentarios sobre “El Camino Inverso / Il Cammino Inverso – Jornada 16ª / Giornata 16ma: Carrión de los Condes – Moratinos

  1. Pues si no fuera por lo del perrillo, me ha parecido una de las mejores etapas. Jolín un besazo para Andrea, desgraciadamente se lo que duele. Pero El Santo le tenía guardados a unos compatriotas que le han aliviado el corazón con esa carbonara de cariño.

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