Mendoza, última etapa entre viñedos / Mendoza, ultima tappa tra i vigneti

[ESPAÑOL]

A Mendoza llegamos después de quince horas en ómnibus, que al final se convirtieron en diecisiete. No es tan malo como parece. Los autocares argentinos están preparados para esto y para mucho más. Sus asientos reclinables son mucho más cómodos que los de la clase turista de cualquier compañía aérea, y con un poco de organización y buena disposición de ánimo, el viaje se hace bastante llevadero. Hubiera sido mucho mejor si todos los servicios para los que en teoría estaba predispuesto el vehículo hubieran funcionado bien. La climatización funcionaba solo a veces y los enchufes USB no servían para nada (y, por tanto, no podíamos cargar los móviles).

Llegando a Mendoza. Pre cordillera de los Andes.

Los planes iniciales incluían dos noches en la ciudad de Mendoza y otras dos cerca de ella, concretamente en Luján de Cuyo, zona de viñedos donde hay muchas bodegas que se pueden visitar. Durante los primeros días pretendíamos ir también a Maipú, localidad cercana que muchas guías aconsejan ver, pero será para otra ocasión, pues nuestro tiempo allí se redujo a la mitad y teníamos que modificar los planes iniciales. Nos dirigimos directamente a Luján y desde allí empezamos a pensar en cómo organizarnos.

Habíamos llegado poco antes del mediodía, así que después de instalarnos en nuestro nuevo alojamiento, decidimos ir a visitar una bodega que ofrecía también la posibilidad de comer allí. Tanto la información que nos dieron los gestores del alojamiento como la que teníamos disponible en las guías turísticas daban muchas posibilidades. De hecho, era casi un problema tener tanta información porque nos costaba decidir. Al final nos inclinamos por una de las bodegas presentes en todas las recomendaciones y que destacaba, según ellas, porque ofrecía unas vistas impresionantes. Se trata de la de Nieto Senetiner. Efectivamente, comimos muy bien y, además, lo hicimos ante un paisaje espectacular.

Comedor exterior de la bodega Nieto Senetiner

Elegimos una entrada, un plato principal y un postre, y para los dos primeros nos sirvieron dos vinos diferentes en cada uno (es decir, cuatro en total), cosa que nunca me había pasado antes. El postre iba acompañado de un espumoso extra brut, aunque yo para terminar prefiero un vino dulce.

Viñedos de Nieto Senetiner

El vino más particular que probamos fue, en mi opinión, un tinto ligero de color claro que según la sumiller era considerado rosado por algunas bodegas. Estaba elaborado con una uva muy cultivada en la provincia de Mendoza, la criolla grande, de origen canario e importada en Argentina en el siglo XVI. Al principio parecía inexpresivo, pero en cuanto se mecía un poco en la copa, liberaba gran cantidad de aromas de frutos rojos, sobre todo de cereza.

Bodega Nieto Senetiner. Foto de Andrea Zuppa.

Ni que decir tiene que después de toda una noche medio durmiendo en un autobús, un almuerzo copioso y cinco vinos entre pecho y espalda, lo siguiente fue una siesta como Dios manda, con la que se nos fue un poco la mano, dicho sea de paso.

Vista de la estribaciones de los Andes en Luján de Cuyo. Foto de Andrea Zuppa.

Por la tarde-noche nos trasladamos a la ciudad para hacernos una idea de lo que ofrecía. Paseamos por las calles cercanas a Plaza Independencia, recorrimos la peatonal Sarmiento, pero sobre todo nos sorprendimos por el ambiente de Aristides Villanueva: una avenida ancha llena de locales para comer y tomar algo, que termina cerca del parque General San Martín. La primera impresión nos bastó para decidir que el día siguiente lo pasaríamos en la ciudad.

Mendoza no te deslumbra, pero tiene rincones muy acogedores y da la impresión de ser muy vivible, a pesar de sus dos millones de habitantes. Sus orígenes se remontan al 2 de marzo de 1561, fecha oficial de su fundación. El barrio más antiguo recibe el nombre de Área Fundacional, pero lamentablemente su aspecto es muy moderno, puesto que fue destruida en 1861 por un terremoto. De esa época se conservan algunos restos en forma de ruinas o vestigios arqueológicos. Por ejemplo, el museo histórico casa General San Martín conserva documentos y objetos de la familia del libertador, y en él se pueden apreciar los diferentes estratos de pavimento pre y posterremoto. Cerca de allí se pueden ver las ruinas del templo jesuita de San Francisco.

El centro actual nació después de dicho terremoto y se ideó bajo la influencia del miedo al seísmo que acababa de ocurrir. Por eso, la estructura actual de la urbe presenta diferentes plazas, pensadas como espacios abiertos donde huir, en caso de nuevos eventos sísmicos.

Cerca de una de esas plazas, la plaza San Martín (sí, ya sé, uno diría que todo tiene el mismo nombre), se encuentra el ECA, Espacio Contemporáneo de Arte Eliana Molinelli, donde vimos la exposición del artista Emmanuel Cusnaider titulada Transmutación. Fue un paréntesis perfecto para seguir caminando a continuación con rumbo a la avenida Arístides Villanueva, esta vez en horario propicio al almuerzo. Una ocasión perfecta para probar el locro criollo.

Después de comer, acabamos de recorrer el resto de la avenida, como la noche anterior, hasta las inmediaciones del parque General San Martín, donde empiezan a aparecer algunas sedes de la Universidad de Mendoza, así como edificios residenciales modernos con vistas al mismo parque y a la precordillera que se divisa más allá. Nuestro objetivo era llegar al Museo de Ciencias Naturales, donde vimos la exposición permanente de fósiles, instalaciones didácticas, animales disecados y otras piezas y recursos interesantes. Las instalaciones son un poco viejas y necesitarían una mejora, pero el contenido es de calidad y despierta el interés de los visitantes, muchos de ellos en aquel momento en edad escolar.

Al salir del museo, fue muy agradable disfrutar del ambiente del parque, por donde paseaban los mendocinos, sacaban a sus perros, tomaban el sol en el césped, hacían aerobic o taichí y, en definitiva, disfrutaban de la tarde del sábado. Los porotos del locro (pequeñas judías blancas) nos habían llenado lo suficiente como para no tener más hambre, así que después de una pausa para beber algo, volvimos a la nave nodriza y nos preparamos para volver a Buenos Aires al día siguiente.

Sondeando abismos, de Emmanuel Cusnaider

[ITALIANO]

A Mendoza siamo arrivati dopo 15 ore di pullman, che alla fine sono diventate 17. Detto così sembra un supplizio, ma non lo è stato affatto. I bus argentini sono fatti per queste distanze e anche per molto di più. I sedili reclinabili sono ben più comodi di quelli in economy su un aereo e, con un minimo di organizzazione e lo spirito giusto, il viaggio scorre senza troppi patemi. Certo, sarebbe andata ancora meglio se tutti i servizi previsti fossero stati davvero funzionanti: il condizionatore andava e veniva e le prese USB erano solo decorative (quindi addio alla possibilità di ricaricare i telefoni).

Il programma iniziale prevedeva due notti a Mendoza città e altre due nei dintorni, precisamente a Luján de Cuyo, nel cuore dei vigneti, dove non mancano le cantine aperte alle visite. Nei primi giorni volevamo includere anche una tappa a Maipú, località vicina e molto consigliata dalle guide, ma alla fine abbiamo dovuto lasciarla per un’altra volta: il tempo a disposizione si era dimezzato e bisognava rivedere i piani. Così siamo andati diretti a Luján e da lì abbiamo cominciato a ragionare su come gestire al meglio le ore che avevamo.

Siamo arrivati poco prima di mezzogiorno e, dopo esserci sistemati nel nostro alloggio, abbiamo deciso di visitare una cantina nei paraggi che offriva anche la possibilità di pranzare in loco. Tra le informazioni ricevute dai gestori e quelle raccolte sulle guide turistiche, avevamo l’imbarazzo della scelta. Anzi, quasi troppa scelta: scegliere è stato più complicato del previsto. Alla fine ci siamo orientati su una cantina presente in tutte le raccomandazioni e famosa, a detta di tutti, per le vedute spettacolari: la Nieto Senetiner. La fama era meritata: abbiamo mangiato benissimo e lo abbiamo fatto davanti a un panorama spettacolare.

Parque General San Martín

Il menù prevedeva antipasto, piatto principale e dolce; per i primi due piatti ci hanno abbinato due vini diversi a portata (vale a dire, quattro vini in tutto, cosa che non mi era mai successa prima), e per il dessert uno spumante extra brut, anche se per abbinare al dessert io propendo sempre per un vino dolce.

Il vino più particolare che abbiamo assaggiato, a mio avviso, è stato un rosso leggero e dal colore molto tenue, tanto che, secondo la sommelier che ce l’ha proposto, alcune cantine lo catalogano come rosato. Era prodotto con un’uva molto diffusa nella provincia di Mendoza, la criolla grande, di origine canaria e arrivata in Argentina nel XVI secolo. All’inizio sembrava piuttosto chiuso, ma bastava farlo roteare un po’ nel calice perché sprigionasse una cascata di profumi di frutti rossi, in particolare di ciliegia.

Inutile dire che, dopo una notte passata a dormicchiare sul pullman, un pranzo generoso e cinque calici tra un piatto e l’altro, il passo successivo è stato una siesta come si deve… forse un po’ troppo prolungata, per essere sinceri.

Parque General San Martín. Foto de Andrea Zuppa.

In serata siamo andati in città per farci un’idea dell’ambiente. Abbiamo passeggiato per le vie intorno a Plaza Independencia, attraversato la zona pedonale di via Sarmiento, ma soprattutto siamo rimasti colpiti dall’atmosfera di Arístides Villanueva: un viale ampio, costellato di locali dove mangiare e bere qualcosa, che termina nei pressi del Parco Generale San Martín. Ci è bastata questa prima impressione per decidere che il giorno dopo l’avremmo dedicato interamente alla città.

Mendoza non ti abbaglia al primo sguardo, ma ha angoli accoglienti e trasmette l’idea di essere una città dove si vive bene, nonostante i suoi due milioni di abitanti. Le sue origini risalgono al 2 marzo 1561, data ufficiale della fondazione. Il quartiere più antico è chiamato Área Fundacional, ma il suo aspetto è molto moderno: fu infatti distrutto dal terremoto del 1861. Di quell’epoca restano solo alcune rovine e tracce archeologiche. Ad esempio, il Museo Storico Casa General San Martín conserva documenti e oggetti appartenuti alla famiglia del Libertador, oltre a mostrare i diversi strati di pavimentazione, pre e post terremoto. Poco distante si trovano le rovine della chiesa gesuita di San Francisco.

Mendoza: ciudad del maridaje

Il centro attuale è nato dopo quel sisma e la sua struttura urbanistica porta ancora i segni della paura vissuta allora: ampie piazze distribuite in vari punti, concepite come spazi aperti dove potersi rifugiare in caso di nuove scosse.

Vicino a una di queste piazze, Plaza San Martín (sì, lo so, sembra che qui tutto porti lo stesso nome), si trova l’ECA – Spazio Contemporaneo d’Arte Eliana Molinelli – dove abbiamo visitato la mostra dell’artista Emmanuel Cusnaider intitolata Transmutación. È stata una parentesi perfetta prima di rimetterci in cammino verso Avenida Arístides Villanueva, stavolta in un orario perfetto per il pranzo. L’occasione giusta per assaggiare il locro criollo.

Inicio de la calle Arístidas Villanueva al atardecer. Foto de Andrea Zuppa.

Dopo mangiato, abbiamo percorso il resto dell’avenida, come la sera precedente, fino alle vicinanze del Parco Generale San Martín, dove cominciano a comparire alcune sedi dell’Università di Mendoza e moderni edifici residenziali affacciati sia sul parco sia sulla precordigliera che si scorge in lontananza. La nostra meta era il Museo di Scienze Naturali, dove abbiamo visitato la mostra permanente di fossili, installazioni didattiche, animali imbalsamati e altri reperti e risorse interessanti. Le strutture sono un po’ datate e avrebbero bisogno di un restyling, ma i contenuti sono di qualità e catturano l’attenzione dei visitatori, molti dei quali erano in età scolare.

All’uscita dal museo, è stato piacevole immergersi nell’atmosfera del parco: mendocini a passeggio, cani al guinzaglio, gente sdraiata sull’erba a prendere il sole, chi faceva aerobica o tai chi… insomma, tutti intenti a godersi il sabato pomeriggio. I fagioli del locro ci avevano saziato a dovere, così, dopo una sosta per bere qualcosa, siamo tornati alla nostra “nave madre” per prepararci al rientro a Buenos Aires il giorno dopo.

Hasta la próxima, Mendoza. Foto de Andrea Zuppa.

2 comentarios sobre “Mendoza, última etapa entre viñedos / Mendoza, ultima tappa tra i vigneti

Replica a Sisa Del Moral Cancelar la respuesta