[ESPAÑOL]
El primero de agosto fue nuestro último día en las tierras de Misiones y para conocerla un poco mejor decidimos contratar un guía y alejarnos de la zona de las cataratas. Pusimos rumbo a las ruinas de la antigua misión jesuítica de San Ignacio (a 250 km. de Puerto Iguazú) e hicimos parada en las minas de Wanda. Fue sin duda un día intenso, pero mereció la pena.
Maxi es un guía muy experto que nos daba muchísima información a cada paso y nos ayudaba a abrir los ojos por el camino para que no perdiéramos detalle de todo lo que sucedía alrededor.

Lo primero fue atravesar toda el área protegida del Parque Nacional de Iguazú, con diferentes niveles de protección oficial a medida que íbamos avanzando. Una de las advertencias constantes que se observan en la zona es la de extremar las precauciones para no atropellar a ningún especimen de la fauna autóctona, pero por desgracia poco después de emprender nuestra excursión avistamos un grupo de zopilotes (buitre negro americano o jote, entre otras muchas denominaciones locales), que sobrevolaban un punto muy concreto cercano al borde de la carretera. La razón era que yacían en el asfalto los restos de un ocelote atropellado probablemente durante la noche. Se trata de un felino de gran belleza en peligro de extinción (una especie de gato montés americano), por lo que el disgusto que nos causó era doble. Maxi aparcó en el arcén y se bajó del coche para documentar el hallazgo y dar parte a las autoridades. La imagen era tristísima y me hizo recordar la descripción de la muerte de Santiago Nasar, con sus vísceras azules desparramadas a la luz del día sin ningún pudor, que no por ser anunciada dejó de ser trágica y desoladora.

Las demás cosas que vimos por el camino fueron mucho más agradables: los pequeños edificios de las comunidades guaraníes locales, los bosques de araucarias y eucaliptos, las plantaciones de yerba mate y té, las decoraciones vistosas del pueblo de Capioví, cuya población es principalmente de origen alemán y suizo…
Poco antes de llegar a Posadas se encuentran las minas de Wanda, cuyo nombre es de origen polaco. Pudimos disfrutarlas solos, pues éramos los primeros visitantes del día. Este yacimiento proviene de las erupciones de magma que cubrieron toda la zona hace millones de años. En el proceso de enfriamiento, las burbujas de gas que quedaron atrapadas formaron con el tiempo el basalto que da origen a las diferentes piedras semipreciosas que produce la mina (antes consideradas preciosas, hasta que la sobreproducción hizo que se las bajara de categoría). Las diferentes temperaturas y presiones a las que han estado sometidas, así como los diferentes elementos químicos que las componen determinan la piedra resultante del proceso y sus características. Si se encuentra una roca en un lugar cuya extracción supondría un problema para la estabilidad de la mina, se deja en el lugar. El descubrimiento no resulta del todo inútil, porque la presencia de una de ellas (es decir, una antigua burbuja de gas) anuncia la de otras cercanas. Cuando se extrae o localiza una de ellas, se corta longitudinalmente. El borde está formado por cuarzo y ágata, mientras que el interior suele ser de amatista (la más oscura, casi negra, y apreciada recibe el nombre de amatista imperial). Dependiendo de la calidad de las piezas, se utilizan para decoración o joyería, engarzada en oro o plata según sean los colores.

La otra gran etapa de la jornada fueron las ruinas de San Ignacio, que como todas las misiones de los jesuitas, cumplían una función tanto militar como religiosa. Ante todo, contenían el avance de los portugueses hacia el Río de La Plata, pero también proseguían con la evangelización de los pueblos originarios de América.

La consideración que actualmente tienen los jesuitas en esta zona creo que se puede considerar bastante buena. Ha dejado huella su respeto a las tradiciones y la cultura locales, que en parte era una estrategia para que su objetivo de evangelización tuviera el éxito deseado. Se sabe que aprendían el guaraní en lugar de imponer el español y que adaptaban los dogmas católicos a las creencias ancestrales. Por ejemplo, identificaron el Sagrado Corazón de Jesús con Tupā, dios supremo que se asocia con el trueno y la luz, y reside en el sol.





Las reducciones de los jesuitas eran pequeñas ciudades estructuradas de un modo muy preciso alrededor de una plaza de armas. En el lado oriental se concentraban la iglesia, el claustro, el cementerio, la escuela y los talleres, mientras que en el otro se situaban las viviendas de los guaraníes. La arquitectura se basa en el barroco europeo y recibe la influencia de las culturas locales. El ambiente resulta muy sugestivo e impulsa a imaginar cómo habrá sido la vida cotidiana para los sacerdotes europeos en un lugar tan alejado y tan diferente de sus ciudades de origen. Muchos de ellos murieron y fueron enterrados aquí, pero las condiciones del terreno no han permitido que se conserve tan siquiera un pequeño fragmento de sus huesos. Será la voluntad de Dios o de Tupā, que nutran para siempre la tierra a la que dedicaron sus desvelos.

[ITALIANO]
Il primo agosto è stato il nostro ultimo giorno nella regione di Misiones, e per conoscerla meglio abbiamo deciso di affidarci a una guida e di allontanarci dalla zona delle cascate. Abbiamo così puntato verso le rovine dell’antica missione gesuita di San Ignacio, a circa 250 km da Puerto Iguazú, facendo tappa alle miniere di Wanda. È stata una giornata intensa, senza dubbio, ma ne è valsa assolutamente la pena.

Maxi, la nostra guida, si è rivelato una fonte inesauribile di informazioni: ad ogni svolta del cammino ci apriva gli occhi su ciò che ci circondava, per non farci perdere nemmeno un dettaglio.
Abbiamo attraversato per prima cosa tutta l’area protetta del Parco Nazionale di Iguazú, con i suoi diversi gradi di tutela ambientale. In zona, i cartelli che invitano alla massima attenzione per non investire esemplari della fauna locale sono ovunque. Eppure, purtroppo, poco dopo l’inizio dell’escursione, abbiamo avvistato un gruppo di zopilotes (un tipo di avvoltoio nero americano, noto con vari nomi), che sorvolava un punto preciso a bordo strada. La ragione era tristemente chiara: sull’asfalto giacevano i resti di un ocelot, probabilmente investito durante la notte. Si tratta di un felino di straordinaria bellezza, oggi a rischio di estinzione (una sorta di gatto selvatico americano) e la scena ci ha colpito parecchio. Maxi ha accostato l’auto, è sceso per documentare la scoperta e ha informato le autorità competenti. L’immagine era straziante e mi ha ricordato la descrizione della morte di Santiago Nasar: le viscere azzurre esposte in pieno giorno, senza pudore, una morte ancora capace di provocare una fitta di dolore, anche se già annunciata.

Il resto del tragitto è stato molto più piacevole: le piccole abitazioni delle comunità guaraní, i boschi di araucarie ed eucalipti, le piantagioni di yerba mate e tè, e le decorazioni sgargianti del villaggio di Capioví, abitato in gran parte da discendenti di tedeschi e svizzeri.

Poco prima di arrivare a Posadas ci siamo fermati alle miniere di Wanda, il cui nome ha origini polacche. Abbiamo avuto la fortuna di visitarle da soli, essendo i primi della giornata.
Le miniere si sono formate milioni di anni fa, a seguito delle eruzioni vulcaniche che ricoprirono tutta la zona. Durante il raffreddamento del magma, le bolle di gas intrappolate generarono il basalto da cui si sviluppano le diverse pietre semipreziose (na volta considerate preziose, la loro abbondanza ne ha ridotto il valore commerciale). Le variazioni di temperatura, pressione e la composizione chimica hanno dato origine alle diverse varietà.
Se una pietra viene trovata in un punto dove estrarla metterebbe a rischio la stabilità della miniera, la si lascia al suo posto. La sua presenza, però, segnala che altre formazioni sono probabilmente vicine. Quando una di queste “bolle fossili” viene estratta, viene tagliata longitudinalmente: l’esterno del taglio è composto da quarzo e agata, mentre l’interno può essere di ametista —la più scura e pregiata è chiamata “ametista imperiale”. A seconda della qualità, queste pietre vengono poi impiegate per decorazioni o gioielli, montati in oro o argento.
Il secondo grande momento della giornata è stato quello della visita alle rovine di San Ignacio, una delle antiche missioni gesuite che, come tutte, avevano sia una funzione religiosa che militare. Servivano a contenere l’espansione portoghese verso il Río de la Plata e, al contempo, portavano avanti l’evangelizzazione dei popoli originari del continente americano.

Oggi, i gesuiti godono di una certa stima in questa regione, anche grazie al rispetto che dimostrarono per le tradizioni e la cultura locali —un rispetto che era anche una strategia per rendere più efficace la loro opera missionaria.
Si sa, ad esempio, che imparavano il guaraní invece di imporre lo spagnolo e che cercavano di adattare i dogmi cattolici alle credenze ancestrali. Un caso emblematico fu l’identificazione del Sacro Cuore di Gesù con Tupā, la divinità suprema associata al tuono, alla luce e al sole.
Le riduzioni gesuite erano delle vere e proprie piccole città, organizzate attorno a una piazza centrale. Sul lato est si trovavano la chiesa, il chiostro, il cimitero, la scuola e i laboratori artigianali; sul lato ovest, invece, le abitazioni delle famiglie guaraní. L’architettura, ispirata al barocco europeo, era influenzata anche dalle tradizioni locali.
Il luogo ha un’atmosfera suggestiva e invita a immaginare come dovesse essere la vita quotidiana per quei sacerdoti europei, arrivati da terre lontane e catapultati in un mondo tanto diverso dal loro. Molti di loro morirono e furono sepolti lì, ma il terreno non ha conservato nemmeno una traccia delle loro ossa. Forse per volontà di Dio, o di Tupā: che dovevano nutrire per sempre la terra alla quale dedicarono i loro sforzi.


y unos pendientes….????;)))
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